A raíz de un vídeo publicado por los propios alumnos de una escuela técnica de la ciudad de Rosario, donde ellos mismos se filmaron con sus teléfonos celulares mientras destrozaban el mobiliario del aula, para se más precisa los bancos, no quiero dejar de hacer un comentario, no muy colorido.
Después de haber leído a Obiols durante mi formación, no dejo de pensar como él que el lugar del docente secundario fue descripto clásicamente como el de un sustituto y necesario de los padres en una época de rebelión.
Discutir, desarrollar el propio pensamiento, era la tarea que un adolescente necesitaba realizar y que un buen docente tenía no sólo que permitir sino que estimular; permitir que aflorara, ya que sus alumnos educados en una disciplina rigurosa no se atrevían a manifestarse si no había espacio para ello.
Los adolescentes ponen en marcha mecanismos considerados inherentes al vínculo docente-alumno adolescente. El psicoanálisis los denominó mecanismos de defensa, como un modo de reaccionar inconsciente del yo ante la angustia que provocan pulsiones y afectos que no pueden satisfacerse completamente.
Pero el docente que hoy por hoy entra en el aula se encuentra con una situación no muy claramente planteada. Esto es así porque confluyen diversos motivos para que ocurra, y entre ellos pienso la instalación de la violencia como un modo de relacionarse es uno de esos motivos.
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